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LEE EL PRÓLOGO

Un pequeño adelanto de todo lo que está por venir.

PRÓLOGO

El viento galopaba con una furia colérica aquella noche. Raudo, extendía el aire fresco por las explanadas circundantes al campamento y chocaba contra sus modestas empalizadas de caña, ululando entre las grietas como el lamento de una viuda.
La corriente arrastraba virutas de arena y hojarasca seca por igual, dispersándolas por toda la estepa; incluso el fuego de la fogata menguaba en su lucha contra aquel violento aire de otoño. Las montañas estaban ya lejos, así que no les quedaba ninguna defensa natural para este tiempo en mitad de la intemperie.
Mientras, el adusto patriarca se retiraba hebras de cabello de los ojos continuamente maldiciendo por no habérselo trenzado antes de salir.
No era algo a lo que no estuviese ya acostumbrado, de todas formas. Su gente adoptaba el viento desde que nacía, lo acompañaba por las grandes llanuras y lo agradecía cuando montaba sus caballos. Al romper la mañana, harían bien en perseguirlo; su asentamiento ya no era un lugar seguro.
Si tan solo hubiesen salido uno o dos días antes. Si hubiese tenido el valor de tomar la decisión en su debido momento…
—Estoy viejo para esto, Cacique. No me lo tomes en cuenta —le murmuró a su viejo compañero—. Deberíamos haber salido mucho antes.
El caballo le respondió con un tozudo relincho, y se acercó a acariciarle con el hocico.
—Ya… Tú aún confías en mí, ¿eh? No sé si es sabio de tu parte, amigo. Al menos, compartiremos calor una noche más.
A su vera, las llamas eran débiles y no aguantaban lo suficiente como para frenar la helada, y mucho menos la oscuridad. Él se veía obligado a agudizar bien sus ojos para no perderse nada que pudiese aparecer en la sombra de la lejanía. Esa era su labor, por muy cansada que su vista se presentase.
De repente, Quebrantahuesos surgió volando de entre los postes de la empalizada y hábilmente clavó sus uñas en el acolchado guante del patriarca.
—¿Qué ocurre, Quebrantahuesos? ¿Has visto algo?
El ave de presa erizó las anaranjadas plumas de su cuello y gruñó en dirección a la oscuridad de las estepas. Estaba algo alterado. Herund lo notaba en el movimiento errático de su pico.
—¿Hay alguien ahí, Quebrantahuesos? ¿Han venido ya?
El patriarca arqueó levemente la espalda y agarró su pequeño arco de caza. Al levantarse, se despidió de su gruesa manta de lana y echó rápidamente mano del carcaj, pero se le cayeron todas las flechas al suelo.
—¡Huesos, estacas y fantasmas! —maldijo para sí mismo. A tal miedo no estaba acostumbrado.
¡El corazón empezaba a latirle ya con demasiada prisa!
Cuando por fin logró atrapar una de las flechas y encocarla en la cuerda, alzó la vista hacia el negro del horizonte y oteó sus planicies. Aún nada, aún nada. Ahí estaba: salidas de la oscuridad, aparecieron un par de orejas larguiruchas brincando con presteza por la explanada.
Herund se llevó la mano al pecho y resopló con dificultad. No era más que una liebre.
—Ve, Quebrantahuesos. Todo tuyo —le dijo al viejo buitre alzando su acolchado guante de cetrería. La majestuosa ave de caza extendió sus enormes alas y, como un huracanado viento del norte, se precipitó hacia la oscuridad para atrapar a la que sería hoy su cena. Mientras, el patriarca volvió a meter el resto de las flechas dentro de su vaina y se la ató firmemente a la cintura.
—No soy un guerrero, Cacique. Nunca lo he sido.
Ni aun aguantando otra generación más cabalgando por el Uhr llegaría a acostumbrarse al miedo a otro hombre. El patriarca ya conocía bien a los leopardos de las montañas y a las manadas de lobos del pantano. Si había algo acaso de lo que temer en las estepas, serían las arenas cantarinas del sur o la sequía tras un mal invierno, y eso solo para los no precavidos. Sin embargo, temerle a uno de los suyos, sentir la amenaza de la mano de un hombre arrancando las mantas de su tienda con un arma de hierro, eso Herund no lograba comprenderlo, se le escapaba a su añosa cabeza.
—¿Crees que los gemelos estarán bien, Cacique? —le preguntó a su fiel montura—. Quizá lo mejor sea ir a echarles un ojo, aun siendo uno viejo como el mío.
Y probablemente sería también lo mejor para su cansado corazón. Tanto mirar a las estepas le estaba nublando el juicio.
Antes de nada, se acercó a la empalizada y, con la ayuda del azote del viento, retiró los maderos de la lumbre; después recogió su capote de lana negra y se lo ajustó a los hombros. Luego echó un vistazo a donde creía que se ubicaba el norte y dejó unos momentos a sus adustos ojos para que se ajustasen a la tiniebla. Poco a poco empezaban a hacerse visibles las ascendentes faldas del Corazón Helado, que, en contraste con las mesetas, hacían parecer que la tierra misma se elevaba en una gigantesca pendiente. Ni siquiera desde allí llegaba a ver las zonas nevadas de la falda, que simbolizaban el comienzo de la verdadera montaña. Verla así le hizo recordar lo inmensa que realmente era.
Cuando Herund llegase a la vejez, viajaría hasta allí, acompañado de su mejor caballo, hasta el pico más alto del Corazón Helado, al igual que todos los ancianos hicieron antes que él para reunirse con los dioses de su clan.
Pero aún no, a él aún le quedaba algo de vitalidad para derrochar.
Así pues, el patriarca subió por los estribos del costado de Cacique y se montó en el lomo de su gigantesco caballo lanudo. Ya volverían más tarde a hacer la ronda. Ahora necesitaba algo de descanso.
Mientras él y su montura recorrían el campamento del clan, Herund aprovechó unos instantes y aminoró el paso para cerciorarse de que todo estaba en orden.
Los yaks dormían plácidamente dentro de su pequeña cancela, tumbados los unos junto a los otros para prestarse el calor de sus pieles; los tenderetes permanecían callados, impasibles ante el paso del viento y protegidos por la rigidez de cien mantones de tela en el interior de cada uno. Quizá en alguna de aquellas tiendas una familia se hallase ahora repartiendo piezas de mantequilla para antes de acostarse. Sí, un buen cuenco de mantequilla ardiendo. Mañana mismo él prepararía uno para los suyos. En las estepas, siempre mejor compartido que solo. Eso se solía decir.
A los pies de la empalizada, un par de las aves de presa del clan se dedicaban a picotear el cascarón de un pequeño charco congelado. En cuanto una de ellas partió el duro cascote de la superficie, la otra se acercó, y juntas bebieron a pico de su agua. ¿Eran los buitres de Pastor? Uno de ellos llevaba aún en sus patas la correa gualda de su familia. ¿O era la de Pastor roja? Diantres, ya no se acordaba. Lo importante era que, como buenos esteparios, hasta los quebrantahuesos compartían su alimento. Eso era lo importante.
—¡Patrón, Herund! —gritó alguien desde el otro lado del campamento. Juraría que era la voz de uno de los gemelos.
El patriarca tragó saliva y se desplazó con su caballo lo más sigilosamente que pudo hacia el encuentro de los hermanos.
—¿Qué hace aquí, patriarca? ¿Es que ha pasado a…? —intentó decir Leovi, pero Herund le tapó la boca al instante en cuanto bajó de su montura.
—No grites —le susurró él—. El clan duerme y los hombres cazan. Este momento es para el silencio.
—Lo siento, patriarca —se disculpó el joven.
—¿Ha pasado algo, patriarca? —murmuró entonces Kaerkes a sus oídos, mucho más cauteloso que su hermano.
—No os preocupéis. Cacique y yo necesitábamos estirar un poco las piernas, nada más. Ambos pensamos en haceros una visita.
—Por aquí todo bien, patriarca —contestó Leovi—. No debe preocuparse por nosotros, estamos preparados para lo que sea.
Junto a la empalizada, los hermanos contaban con una humilde fogata y con sus arcos de caza reposando sobre la caña.
¡Huesos, estacas y maldiciones! Eran unos chicos audaces y hábiles para el rastreo, pero nunca habían visto el reflejo del acero en su corta vida. Jóvenes del clan, de piernas fuertes y hombros rígidos, pero demasiado niños aún como para tener trenzas en el cabello. Estaba bien que se ofreciesen como voluntarios y dejasen descansar al resto, pero temía que incurriesen en alguna estupidez. Como asustarse con una liebre en mitad de la noche.
—Nunca se está preparado para todo, niño; si no, que me lo digan a mí —murmuró el patriarca, con la mirada fija en el fuego.
—¿Cuándo cree que volveremos al pantano, patriarca? —le preguntó Kaerkes.
—No en mucho tiempo, me temo. Precisaremos de pasar el invierno en el collado de Hul; allí estaremos más seguros. Será duro, pero es mi decisión. Las llanuras ya no son seguras.
—Al menos, estaremos más cerca de los montes —replicó el joven—. Nuestro hermano pequeño necesitará un caballo para cuando tenga la fuerza de montar.
—En el collado habrá muchos, eso tenlo por descontado. Quizá tu hermano tenga suerte y Hul le bendiga con uno de sus mejores hijos.
—¿Como el de usted, patriarca? —le preguntó Leovi.
—Exacto —respondió el patriarca acariciando la tosca crin de su fiel montura—. Como Cacique y como Pequeño Hul.
—¿Y el resto de los clanes, patriarca? —intervino el gemelo—. ¿Qué será de ellos?
Herund suspiró y dirigió su cansada mirada a las faldas del Corazón Helado; o, al menos, a lo que podía ver de ellas.
—Ojalá hayan sido avisados. Nosotros poco más podemos hacer —les respondió a los hermanos.
De repente, la alada silueta de Quebrantahuesos cruzó el cielo nocturno sobre sus cabezas a toda velocidad y se dirigió raudo como las estaciones hacia las llanuras despobladas del oeste. Estando ya casi fuera de su vista, el ave empezó a dar vueltas en círculo, y a graznar y chillar en demasía. ¿Era una alerta? ¿Pasaba algo?
—¡Quebrantahuesos! —clamó el patriarca—. ¿Qué has visto?
A su lado, Cacique pataleó un par de veces sobre la tierra bajo sus cascos, y lanzó un profundo y largo relincho.
—¿Tú también lo oyes? ¿Qué puede…?
Entonces él también lo oyó. Un pitido, como el silbar de las flechas cuando abandonan la cuerda de su portador, insistente y lejano.
—Patriarca, ¿qué pasa?
—¡Silencio! —mandó callar al joven Leovi.
Herund asomó la cabeza por el lateral de la empalizada y dirigió su mirada hacia el origen de aquel constante pitido escondido en la tenebrosidad. Por el horizonte se levantaba una espesa nube de polvo escondiendo una hilera de difusas siluetas, una fila de halcones albinos congelados en pleno aire se alzaba por encima de ellas.
No, no eran halcones, eran cascos. Armaduras, hombres revestidos de metal avanzando en silencio por la meseta rumbo a su campamento. Cargaban antorchas, jabalinas en sus manos izquierdas y filos en sus derechas. Marchaban en bloque como un amasijo de hierro, con paso lento pero firme, y la mirada fija en la posición del patriarca.
Tenían que haber escuchado el alarido del buitre, así que no servía de nada intentar una defensa sorpresa. Ya estaban avisados.
—Agarrad lo que podáis, informad al resto. ¡Venga! —ordenó a los gemelos.
Así que ese era el día. Estúpido de él. Debería de haber tomado antes la decisión de marchar al collado con el clan. ¡Mucho antes debería de haberlo considerado! Viejo y estúpido patriarca.
Él mismo echó a correr en dirección a su tienda de campaña para alertar a su familia; todavía tenían un mínimo de tiempo hasta que los soldados del imperio llegasen a sus puertas.
Nada más llegar, destapó bruscamente las telas de la entrada y se encontró con su mujer, Aela, recién levantada, desconcertada por el ruido. Sus dos pequeños estaban todavía durmiendo en el lecho, al lado de su madre, enroscados entre la lana.
—¿Qué está ocurriendo ahí? —masculló Aela mientras se deshacía de las mantas. Herund la cortó en seco.
—No hay tiempo. Tenemos que marcharnos ya mismo —le dijo mientras empezaba a guardar sus pertenencias en un zurrón. Las mantas, los calderos, la carne en sal; lo mínimo que necesitasen para su trayecto hacia el este.
Con todo el ruido del exterior, su hijo Devod se desveló.
—¿Padre? —le preguntó aún adormecido.
El patriarca se arrodilló ante él y le dio un beso en la frente.
—Devod, despierta a Bardo, ¿vale? Hoy ambos vais a poder montar, pero tenéis que tener cuidado —le explicó con voz cautelosa antes de dirigirse a su mujer de nuevo.
—Llevaos a Cacique y a Pequeño Hul. Cabalgad dejando la montaña a la izquierda, yo os alcanzaré dentro de unos días —dispuso con severidad.
—¿Montar ahora? —preguntó su hijo menor—. ¿Por…?
—Devod, haz caso a tu padre —replicó su mujer.
Aela le miró con firmeza y nervio; ella ya se había percatado de lo que ocurría a las afueras.
Siempre fue la más valiente; sus hijos no podían estar en mejores manos.
—Yo me ocupo del resto —continuó—. Tú ve con el clan. Ellos también te necesitan.
—Sí —susurró de vuelta Herund.
El alboroto en el resto de las tiendas ya se hacía resaltar. Herund contempló a sus hijos sin saber qué más decir, se mordió el labio inferior y salió abruptamente entre las telas.
En el interior del campamento, los hombres se reunían armados con picas de caña y con sus cortos arcos de caza. Apenas una docena, con semblantes atemorizados, sus caras alarmadas y su pulso tembloroso, uno a uno se fueron agrupando junto a él esperando consejo.
A su alrededor, el grueso del clan ya ensillaba sus caballos y empaquetaba sus humildes pertenencias a los lomos de estos. Herund no tenía la más mínima idea de qué decir.
—Patriarca —intervino el padre Pastor aguardando una respuesta.
—¿Ya habéis mandado al resto afuera? ¿Están avisadas vuestras familias? —les cuestionó él con voz temblorosa. Los miembros del clan se lo confirmaron con un ademán de cabeza.
—Bien. Seguidme —ordenó a sus compañeros, no con demasiada convicción.
Él se adelantó al resto del grupo y dirigió la marcha hasta la empalizada oeste; allí los gemelos le estaban esperando, arco en mano, escondidos detrás de los muros. Al parecer, los hombres del metal habían avanzado lo suficiente como para estar ya al alcance de sus flechas.
—No os acerquéis, les pararemos desde aquí —anunció.
Herund asió un par de saetas de su carcaj, y el resto del grupo no dudó en seguirle. Juntos se posicionaron en una fila irregular ocupando el ancho de la entrada al campamento; incluso por un efímero instante, el patriarca logró calmar sus ánimos al sentir la tensión del arco bajo sus dedos.
Los músculos de su espalda rígidos, el brazo izquierdo perfectamente alineado con su cuerpo y las plumas de ganso rozándole la mejilla, como había aprendido desde niño. Con un minúsculo movimiento de hombro, su mano derecha dejó escapar la cuerda y la flecha salió volando como una libélula hacia la masa de invasores; el resto de sus compañeros descargaron tras él.
Su flecha impactó de lleno en el pecho de uno de los soldados, rebotó en el metal y se partió en dos. Lo mismo pasó con el resto de la descarga.
El enemigo se sacudió de su ataque como si hubiesen sido embestidos por una bandada de moscas.
A su lado, el joven Kaerkes le dirigió una mirada atónita ante el espectáculo que tenían enfrente. Sus arcos resultaban completamente inútiles ante tal imparable masa de acero.
Uno de los soldados enemigos se adelantó un par de pasos y arrojó su jabalina hacia el grupo, dándole de lleno al chico en la boca del estómago. Kaerkes cayó al suelo con un gesto desgarrador atravesándole el cuerpo, y su hermano se abalanzó sobre él para intentar remover la jabalina incrustada en su vientre. Herund no pudo hacer más que mirar espantado cómo la vida del pobre niño se escapaba poco a poco en un cúmulo de alaridos y sangre.
Tendrían que haberse marchado hace tiempo, fue una estupidez pensar que los ejércitos de Cratora pasarían de largo y les dejarían en paz. Estúpido y viejo patriarca. ¡Huesos, desiertos y maldiciones!, las vísceras de su clan mancharían sus manos una vez que la noche hubiera terminado.
—Lo siento. Huid con los vuestros mientras podáis —le instó, entre miradas de pánico, al resto del grupo—. Yo…
Pero las huestes de los hombres del metal ya habían llegado a la empalizada de caña. Uno de ellos arrojó su antorcha contra la base del muro y la empezó a cubrir de fuego mientras el resto acometía contra los miembros del clan. Abatían sus espadas y cargaban con sus jabalinas. El oscilar de sus hojas alcanzó al pobre Haba en plena frente y le partió el cráneo al instante; Leovi saltó enfurecido sobre el enemigo con la lanza que había sacado del vientre de su gemelo, solo para ser noqueado por un soldado el doble de su tamaño. Herund alcanzó una de las varas de caña y empezó a zarandearla delante de uno de aquellos malditos que tenía enfrente. El hombre de la armadura la agarró de un extremo y la rompió con extrema facilidad situándose a apenas unos palmos de él.
De cerca, resultaban aún más terroríficos que cuando les había avistado en el amparo de la oscuridad. Bajo las alas de halcón empotradas en su casco tenían una pequeña visera que cruzaba su yelmo de lado a lado, tan negra y profunda que escasamente dejaba ver los ojos de su poseedor. Recta y afilada, esta se asemejaba a la mirada de una bestia del purgatorio, pero detrás de ella se hallaba un hombre, y este, en concreto, le observaba con una expresión calmada y burlona.
El viejo patriarca intentó alcanzar de nuevo su arco, pero un espadazo le perforó el pecho y se le clavó directo en el alma.
Con el golpe, sintió cómo el aire salía súbitamente de sus pulmones, las piernas le flojearon y su mente se quedó completamente en blanco. Cayó en sus rodillas, pero no sintió ningún dolor. Simplemente, notaba cómo su luz se ausentaba llegado este último momento.
Cuando la vista terminó de apagársele, solo quedaban el crepitar del fuego y el relinchar de los caballos para acompañarle al otro mundo.

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